Miedo.

A veces tengo miedo de tantas cosas a la vez que no entiendo cómo hago para no desvanecerme, o deshilacharme.

Sentada en este sofá -tan privilegiada de tener un sofá,
                                    y una manta sobre mis piernas,
                                    y un techo que me protege de la lluvia,
                                    y una computadora que me protege de mí misma,
                                    tan privilegiada con mi sofá, mi manta, mis piernas, mi techo y mi lluvia,
                                    tan privilegiada con con mi pelito recién lavado
                                    y la ropa colgada en el tender,
                                    tan tender todo,
                                    tan cute mi vida,
                                    tan privilegiada y agradecida de esos privilegios,
                                    tan privilegiada de ser agradecida,
                                    tan agradecida- tengo, acechándome, un cúmulo de miedos tan grande que me cuesta rescatarme. 

Imagino entonces, por un segundo insoportable, si a mí -tan cute, tan tender y tan privilegiada- me cuesta rescatarme, y no hundirme para siempre en el pantano del miedo y la angustia ¿cómo hacen todas esas personas que no tienen este sofá, ni esta casa, ni esta manta, ni este tender? ¿qué hacen con sus miedos y sus angustias? ¿cómo los soportan? ¿dónde los almacenan? ¿en qué los transforman?

Paro de imaginar. O, más bien, intento parar de imaginar. Intento que el segundo insoportable se desvanezca. Intento barrerlo de mi mente como, tantas veces, intento barrer los pensamientos que me inundan el cerebro aunque yo no los convoque. Aunque haga exactamente lo opuesto a convocarlos. Aunque baile todas las danzas y cante todas las canciones que me sé para espantarlos. Pero el segundo insoportable parece estar tan contento como yo con mi sofá, con mi manta, con mi pelo y con mi techo. Y amenaza con quedarse. Él y toda su prole de culpas, impotencias, y desánimos.

Entonces, pienso en escribir. Una vez más, pienso en escribir para salvarme. Como (casi) siempre.

Pienso en escribir todos mis miedos, para poder escribir más allá. Para que se deshagan un poco, o tomen otra consistencia y se alivianen. Para que dejen de acecharme con sus ojitos fluorescentes desde la oscuridad.

Y, eso sí, antes de escribirlos, los cancelo. Cancelo, cancelo, cancelo todos mis miedos. Cancelo, cancelo, cancelo todos mis pensamientos negativos. Cancelo, cancelo, cancelo todo lo malo. Sí, todo. Porque puedo. Porque, si voy a cancelar algo que duele, lo cancelo posta. Sin medias tintas, sin vergüenza y sin mesura.

Miedo a un mosquito. Miedo a un rayo. Miedo a perderme de mí misma y no volver a encontrarme del todo. Miedo de cosas a las que les tengo tanto miedo que no puedo ni siquiera escribirlas. O, incluso, pensarlas. Miedo de que la gente ya no se ría conmigo. Miedo de lo que estamos haciendo con el mundo. Miedo del mundo que le estamos dejando a quienes recién están llegando al mundo. Miedo de que la gente me tenga compasión. Miedo de que la gente no tenga compasión. Miedo de una garrapata. Miedo de marearme, literal e inliteralmente. Miedo de tener poco tiempo. Miedo de tener tiempo y no saber cómo usarlo. Miedo de haber perdido el tiempo. Miedo de que el tiempo no me alcance, aunque sea mucho. Miedo de comer dulce de leche a cucharadas aunque me encante. Miedo de no estar moviéndome lo suficiente. Miedo de no saber cuánto es suficiente. Miedo de no ser una buena madre. Miedo de olvidarme de algo importante. Miedo de no darme cuenta qué es lo importante. Miedo de que estos miedos aburran. Miedo de ser mala. Miedo de ser injusta. Miedo de que a esto no lo lea nadie. De que no le interese a nadie. Miedo de no saber conciliar mi vida, esta vida que tengo, con la vida que creo que quiero vivir. Miedo de no saber qué es lo que quiero vivir. Miedo de estar complicándomela demasiado. Miedo de que todo sea muchísimo más simple y yo no me esté dando cuenta. Miedo de no estar dejando nada bueno en este mundo. Miedo de no ser capaz de cambiar nada de nada. Miedo de que todo en el mundo se vuelva un tema de compra-venta. Que termine existiendo sólo lo que es útil. Miedo de no volver a leer nunca un libro entero. Miedo de nunca poder escribir el libro que quiero escribir. Miedo de no darme cuenta que puedo escribir lo que quiera. Miedo de saber que no quiero escribir lo que quiera si después nadie quiere leerlo. Miedo de no soportar seguir siendo una más del bello montón, sin sobresalir, sin formar nunca nunca parte del conjunto de las personas especiales del mundo, de mi mundo. Miedo de que mi ego no me deje nunca estar en paz conmigo misma y comprender que es suficiente, que con lo que hay alcanza, que no necesito mucho más que esto y que lo único que es imprescindible es parar ya mismo la lucha por alcanzar una zanahoria que hace tiempo es un holograma para conejos. Y disfrutar.

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